Nosotros, los mayores
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Abuelas ¿reinas o esclavas?
José Antonio Flórez Lozano
Catedrático de Ciencias de la Conducta del departamento de Medicina de la Universidad de Oviedo
Martina tiene 67 años y tres nietos y ella misma dice que vive como una reina. todos los días acude puntualmente a las 9.30 horas a llevar a sus nietos al colegio y los recoge con igual puntualidad, como un auténtico ritual. Previamente los levanta, los ayuda a vestirse, les prepara el desayuno y los arregla para llevarlos a la parada del autobús escolar. Después, durante el día, realiza otras actividades relacionadas con los niños y con sus padres (comidas, plancha, limpieza, meriendas, etcétera).
su hija trabaja desde las 8 de la mañana en un periódico y su yerno se pasa toda la semana fuera de casa trabajando para una multinacional.
Prácticamente no ven a sus hijos. su abuela se encarga de todo: de entretenerles, les apoya en las tareas escolares, vigila sus juegos, les cuenta historias y cuentos, les da la cena y los acuesta. Este ritual se repite al pie de la letra casi todos los días, incluso los fines de semana. precisamente este último ha tenido que hacerse cargo (¡una vez más!) de sus tres nietos; sus padres se iban de viajea una reunión ¡de trabajo! Hoy lunes, después de que se marche el autobús escolar, se toma un café con su amiga Carmen.
Con los ojos húmedos y cansados le comenta que ya no tiene más fuerzas, que últimamente se encuentra muy fatigada, triste, algo deprimida y, además, tiene que tomar algún fármaco para conciliar el sueño. La ansiedad, el mal humor y la irritabilidad han comenzado a hacer acto de presencia, especialmente, cuando sus nietos están en casa y se encuentra desbordada.
Tengo miedo
La conversación se desliza con un cierto tono triste y de impotencia, lejos de la sensación de “reina” con la que ella se refería hace tiempo a su estado anímico, a su energía, a su fuerza, a sus proyectos e ilusiones. Últimamente no tiene tiempo para nada, ni siquiera para salir con sus amigas y disfrutar de sus partidas y excursiones “Nadie me comprende, no valgo nada ¡Hasta los más queridos me desprecian! ¿De dónde sacaré las fuerzas para continuar atendiendo a mis nietos, que tanto quiero!”. Carmen escucha con impotencia a su amiga ¡tal vez sufra lo mismo! Y le espeta: “¿Por qué no hablas con tu hija?” “¡Imposible! Mi hija no me entiende; todo el día con sus amigas, reuniones, fiestas, gimnasios y peluquerías ¡No me escucha! ¡Tengo miedo! Igual me contesta que no me preocupe, que se hará ella cargo de todo, pero que no veré más a mis nietos. Tengo miedo de crear una crisis familiar. Tengo miedo a represalias familiares, como retirada del cariño, chantaje emocional, etcétera”. Además, no tiene recursos psicológicos ni medios necesarios para enfrentarse a estas situaciones.
Ha perdido lo más importante de su personalidad: su libertad para decidir qué hacer con su tiempo. “¡Me falta la vida! ¡Tengo tantas cosas que tragar!”. En fin, martina sufre un estrés crónico que se va agravando, que perdura en el tiempo y que puede desembocar en el agotamiento o en el colapso; es decir, en el “síndrome de la abuela esclava”. Su fortaleza física y psicológica, empieza a declinar. No obstante, Martina niega que esté sometida a estrés, aunque sabe que tiene demasiadas responsabilidades porque cuida a sus nietos de forma sistemática. Cree que puede con todo y piensa que su malestar se debe a otra cosa. Ciertamente, estas abuelas olvidan sus propias necesidades y asumen por imposición (consciente o inconsciente) y por sentimiento de responsabilidad el cuidado de sus nietos (sobrecarga de responsabilidades). Al final el egoísmo de los hijos se impone y se bloquea el bienestar físico y emocional de las abuelas.
Martina, altruistamente y sin rechistar, cuida de sus nietos, dejando de lado sus verdaderas necesidades. Quizás tiene necesidad de sentirse útil en una sociedad que excluye o utiliza a los mayores. Pero ciertamente sus necesidades de conversación, diversión, ocio y tiempo libre, de compartir experiencias, de cariño, de tranquilidad y sosiego, no son satisfechas, al mismo tiempo que el desgaste por el cuidado, educación y atención de los niños va minando su salud.
Para los padres contar con este tipo de abuela es la opción que más tranquilidad proporciona, además de ser la más segura, cómoda y económica ¡La abuela siempre está disponible! La familia no entiende esta situación de la abuela; considera que se ha vuelto desinteresada, distraída y egoísta. Sin embargo, esta responsabilidad actúa como un factor de estrés muy potente en un momento crítico de gran vulnerabilidad y, en conclusión, sufren depresiones intensas.
Cuidar a los nietos estas circunstancias es, sin duda, un predictor de trastornos depresivos. No es lo mismo ayudar a los nietos, que es deseable y motivante, que sustituir a los padres.
Sufrimiento crónico
El peso de la responsabilidad actúa como una losa insuperable capaz de alterar la salud de las abuelas esclavas. Se trata de un sufrimiento crónico que induce un deterioro notable de la calidad de vida. en efecto, el cansancio, los sofocos, los mareos, los hormigueos, la debilidad y el decaimiento, hacen su aparición de forma cada vez más intensa.
Igualmente, la ansiedad, la irritabilidad, la incapacidad para concentrarse, el disconfort, la tristeza, el desánimo, los sentimientos de culpa y la falta de motivación se acentúan. Es el momento de ayudar a estas abuelas, de que sus familias entiendan que una cosa es ayudar y otra sustituir, que ellas también necesitan todo el cariño y, por supuesto, divertirse.
Es necesario prevenir este síndrome liberando a la abuela esclava de tantas responsabilidades estresantes, reconociendo sus límites físicos y emocionales. Participando, por supuesto, en el cuidado y educación de sus nietos desde una posición de equilibrio en lo que lo más importante para su salud es la posibilidad de seguir realizándose como persona.
Sólo así encontraremos ese bienestar personal y familiar, disfrutando “todos de todos” y ella entonces, seguramente se sentirá como una reina con el cariño insustituible de sus nietos.
