Nunca es tarde para tener un proyecto

Tot aquells temes que afectin a la gent gran però no es puguin incloure en els apartats anteriors. / Todo aquello que afecte a los Mayores pero que no se pueda incluir en los apartados anteriores

Nunca es tarde para tener un proyecto

EntradaAutor: fatec » dv. feb. 19, 2010 2:03 pm

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Nunca es tarde para tener un proyecto
Han llegado a la tercera edad, pero lejos de apoltronarse han llevado a cabo un reto personal. Son emprendedores natos, que están viviendo la jubilación con una mentalidad activa y que demuestran que cualquier momento es bueno para cumplir un sueño

Hay muchas maneras de plantearse la jubilación. Unos la viven con angustia, otros con tranquilidad, muchos se vuelcan en la familia, algunos viajan… Pero lo que plantea en este artículo va más allá.

Existe un universo pasados los 65 años lleno de vitalidad e inquietud. Está formado por personas a las que el paso del tiempo, lejos de retirarlas de la vida activa, les ha dado el empuje necesario para llevar a cabo un reto personal. Y ha sido a la denominada tercera edad cuando han encontrado el momento para cumplir un sueño.

Hemos encontrado cuatro casos, pero hay muchos más. Estos ejemplos evidencian que cualquier momento es bueno para cumplir las expectativas personales, que nunca es tarde para llevar a cabo un proyecto. Es más, cada una de estas personas asegura que es gracias a la edad por lo que ha podido hacerlo realidad. Seguramente con unos años menos no habrían tenido la valentía, la decisión y, sobre todo, el tiempo de ponerse manos a la obra. Durante la vida laboral, el ser humano está ocupado en hacer las cosas que tienen que ver con la obligación, el deber y la responsabilidad. Tendemos a aplazar todo lo que tiene que ver con los deseos o la realización personal. Pero cuando llega la jubilación, no siempre acompañan las ganas.
En cualquier caso hay quienes tienen sueños y quienes se animan a hacerlos realidad. Nuestros cuatro emprendedores de la tercera edad son un ejemplo de que no hay obstáculo que valga. Y que si se tiene salud –salvo los achaques propios de la edad, ¡sólo faltaría!–, únicamente faltan las ganas.
Joana Purjà se decidió a escribir un libro de cuentos a los 84 años. Lo hizo sola, haciendo un esfuerzo de memoria –recordando los que le contaba su abuela– y poniéndose frente a un ordenador. Así, tecla a tecla confeccionó un libro de 15 cuentos infantiles. Benet Cases, de 79 años, recuperó su pasión de adolescente por la pintura cuando se jubiló, y ahora da clases a todo aquel que una vez llegada la jubilación no sepa qué hacer en su tiempo libre. Georgina Regàs se decidió a abrir un museo dedicado a la confitura a los 72 años. Algo que, según ella misma asegura, no hubiera hecho cuando tenía 40. Y Michel Aragon, recién estrenada la jubilación, a los 65 años, se ha hecho voluntario en una ONG para transmitir sus conocimientos y ayudar a jóvenes sin recursos a ser mejores camareros.


    “CUANDO SE JUBILAN LES FELICITO Y LES DOY UN PINCEL”
    Benet Cases / 79 años
    Pintor y profesor de pintura


    Apunto de cumplir 80 años, debe de ser uno de los profesores de pintura más veteranos del país. Benet Cases recuperó su pasión de niñez y adolescencia por la pintura cuando se jubiló.Yno sólo eso, sino que también contagia esa afición a todo aquel que se deja. “Conozco a muchas personas que cuando se jubilan me dicen que no saben qué hacer con su vida, entonces yo les felicito, les doy un pincel y les digo que vengan a casa a pintar”, afirma.
    Yasí ha ido recogiendo alumnos hasta llegar a un total de 45. Da clases en su casa, en el casal del barrio, en un centro social… “Sólo tengo libres dos mañanas, que aprovecho para pintar mis cuadros”, asegura enfundado en su bata azul de pintor.
    Benet se aficionó a la pintura de muy joven, a los 11 años. Fue perfeccionando su estilo y su técnica pero pronto se dio cuenta de que económicamente no podría vivir de ello. Con todo, a los 19 años dejó su huella en la elaboración de un fresco en la iglesia de Sant Joan de Valls (Tarragona), donde nació.
    Acabó sus estudios de perito textil, se casó y tuvo siete hijos, todos varones.
    “No tenía tiempo para pintar, a veces tenía que hacer hasta tres turnos en la fábrica”. Pero cuando se jubiló, hace unos quince años, volvió a su pasión de juventud: la pintura. Como él dice se quitó el óxido de las manos asistiendo a clases particulares con una profesora.
    En la terraza de su piso del Eixample barcelonés ha habilitado en el que había sido el cuarto de juegos de sus hijos una aula de pintura con caballetes y lienzos. Allí, con una espectacular luz natural que se filtra por los ventanales, se reúnen por las mañanas unos cuantos alumnos, de 65 para arriba, para hacer sus pinitos con las acuarelas.
    La esposa de Benet,Maria, observadora de todos losmovimientos del grupo, asegura que hay días que hacen de todo menos pintar. Benet confiesa que celebran los cumpleaños y charlan mucho, pero para dar prueba de que trabajan y aprenden cada día más muestra algunos de los cuadros de sus aplicados alumnos.
    Además, hacen visitas a museos, excursiones a lugares abiertos para pintar al aire libre y, de vez en cuando, exposiciones con los cuadros elaborados por ellos. “Apenas vendemos nada
    pero nos entretenemos mucho”, dice con orgullo.
    El tipo de pintura que Benet hace y enseña a sus alumnos es naturalista y clásica, por eso se lleva las manos a la cabeza cuando alguna alumna le dice que quiere hacer algún cuadro moderno para la habitación de la nieta. “Pero aquí hacemos de todo, y son muy buenos alumnos, se nota que van mejorando cada año”, detalla mientras enseña un cuadro con el escudo del Barça.
    Benet asegura que ahora la pintura tampoco le reporta nada económicamente pero le aporta algo muy importante: no se aburre ni un minuto.
    “Siempre he sido muy activo y muy manitas; incluso ahora, que ya estoy más limitado, no sé estar sentado sin hacer nada”.
    Huye de los comentarios sobre enfermedades y los ataja diciendo: “Cuando tengo dolor de cabeza me pongo a pintar; cuando pintas no piensas en nada más”.



    “ME HAGO MAYOR,PERO NO VIEJA”
    Joana Purjà /84 años

    Esta es la mentalidad de Joana Purjà, que a los 84 años ha escrito un libro de cuentos infantiles,Acau d’orella, de la editorial Stonberg (stonbergeditorial.com). Joana es una amante de la lectura –“dicen que los niños nacen con un pan bajo el brazo, pues yo nací con un libro”– y le encanta contar cuentos. Recuerda con mucho cariño los que le contaba su abuela Pietat. Esos mismos que ella narraba a sus hijos y a sus cuatro nietos.
    Con la llegada de los bisnietos –tiene tres– Joana se dio cuenta de que poco a poco se le iban olvidando esas bonitas historias que su abuela le había transmitido y pensó que sería una lástima que se perdieran para siempre.
    Y fue entonces cuando se planteó un reto: recordar cada uno de los cuentos de su infancia y escribirlos para dejarlos a sus bisnietos.“Me costó más recordar las historias que escribirlas”, reconoce. El resultado fue un libro de quince cuentos que, según cuenta la autora, no son fieles a los originales: “Los he escrito como recuerdo quemelos explicaban”.Yasegura: “No hay calidad literaria, sino ternura, afecto y amor, que es lo que siento por todos mis nietos
    y bisnietos”. Joana Purjà ha sido siempre ama de casa, esposa y madre. Al llegar a los 40 años esperó la denominada crisis de los 40. “Nada, a mí nomellegó”, cuenta.
    Pero llegaron los 50 y entonces algo se le removió: “Pensé que ya había vivido dos tercios de mi vida y quemequedaba uno y todavía tenía muchas cosas por hacer”, recuerda. Así que se puso a estudiar francés, luego se sacó el nivel Cde catalán, se apuntó a estudiar Arte
    Románico, aprendió a hacer encuadernaciones…“ Supongo que el secreto es no tener pereza y siempre tener cosas por hacer; si estás ocupada, el tiempo pasa volando”.
    Tiene actividades todos los días de la semana: va a varios centros, a la biblioteca, a merendar con las amigas, visita museos…Yalgunas tardes juega al ajedrez con su marido, Manel. A pesar de su avanzada edad y algunos problemillas de salud, Joana es una mujer a la que no le gusta recrearse en sus males. “Cuando me encuentro mal, másmemaquillo para tener mejor cara”, afirma.
    Risueña e inquieta, Joana se siente feliz y acompañada por toda su familia, a la que vemuya menudo. Tener a sus dos hijos, seis nietos y tres bisnietos alrededor la llena de energía. “Ellos también me ayudaron mucho a la hora de recordar los cuentos, ya que se acordaban de muchos detalles que a mí semehabían olvidado”. Además, señala con orgullo que algunos de los cuentos que le contaba la abuela Angeleta y que ella ha recogido en el libro ensalzan la figura de la mujer independiente, lejos de las historietas que se empeñan en mostrar a la mujer como un ser desvalido a la espera de su príncipe azul.




    “QUIERO TRANSMITIR TODO LO QUE A MÍ ME ENSEÑARON
    Michel Aragon / 65 años
    Voluntario en una ONG


    Lo primero que hizo Michel Aragon cuando se jubiló –este mes se cumple un año– fue vaciar el armario de trajes y corbatas y llenarlo con ropa informal y sport. “Después de más de cuarenta
    años trabajando en el mundo de la restauración estaba harto de los trajes. Los di a Caritas; sólo me quedé uno, que es con el que voy a las bodas”, explica este hombre de 65 años, vestido con vaqueros, deportivas, un suéter de color lila –a juego con sus gafas– y un colgante de cuero.

    Esa renovación de vestuario a los 65 años marcó una nueva etapa en su vida. A partir de ese momento, Michel, con una amplia experiencia y vastos conocimientos en el sector de la hostelería –los últimos 17 años fue director de restauración del hotel Le Meridien, en la Rambla de Barcelona–, se propuso un reto: “Todo lo que yo había aprendido durante mis años de profesión gracias a los grandes maestros que tuve no podía quedarse en mí; tenía que ser el transmisor de esos conocimientos para ayudar a otras personas”, resume este hombre nacido en Francia. Y así lo hizo.

    Casualmente, las Navidades pasadas, el Casal dels Infants del Raval, una organización no gubernamental que lucha contra la exclusión social de los más jóvenes, organizó un evento en el hotel Le Meridien, donde trabajaba Michel. Fue un acto de reconocimiento a las empresas que colaboran con el proyecto de hostelería del casal y que ofrecen formación, prácticas y trabajo a estos jóvenes en riesgo de exclusión social.

    Después de esta primera toma de contacto, y una vez ya jubilado, Michel Aragon se ofreció como voluntario. Rápidamente le encomendaron la tarea de enseñar, en inglés, a jóvenes
    aprendices de camareros. Precisamente el Casal dels Infants cuenta con un gran número de voluntarios que como Michel pasan de los 65 años y tienen un gran bagaje profesional y cultural para ayudar en la labor social de esta ONG.

    Entre la quincena de alumnos que tiene Michel, los hay procedentes del Magreb, Bangladesh, Pakistán, Sudamérica o África. “A veces, más que enseñar restauración doy clases de socialización o de cuestiones culturales: por ejemplo, el otro día estuve explicando a un chaval subsahariano que es su deber como camarero preguntar al cliente cómo quiere la carne, si cruda, al punto o muy hecha; él no entendía muy bien ese concepto ya que en su país no existen los puntos de cocción, en el caso de que puedan comer carne”.

    La mayoría son jóvenes de entre 16 y 18 años con ganas de aprender y de hacer las cosas bien. Michel les enseña a dar la bienvenida, a acompañar a los clientes a la mesa, a anotar el pedido, a servir correctamente la comida y la bebida, en definitiva, a cómo actuar en diferentes situaciones. “Estoy contento porque veo que lo que les enseño les sirve luego para ser mejores profesionales”, sostiene.

    Michel ha trabajado en Francia, Inglaterra y España, por lo que domina a la perfección sus idiomas. Considera que en España existe un grave problema con el inglés, sobre todo en las profesiones relacionadas con los servicios como la suya. En su opinión, es fundamental saber idiomas para atender mejor a los clientes.

    Adora su profesión, y quiere seguir transmitiendo el savoir faire que él aprendió de sus jefes de sala “para prestigiar un sector que cada vez está peor visto, porque las personas que se
    dedican no ponen todo el empeño”. Él, además de trabajar en prestigiosas cadenas hoteleras, ha sido propietario de un par de restaurantes en Inglaterra y en Francia. Dedicado ahora a su familia, a leer y a viajar, Michel Aragon tiene claro que seguirá dedicando parte de su tiempo de su jubilación a ayudar a otros.




    “VIVO LA VEJEZ CON UNA MENTALIDAD JOVEN”
    Georgina Regàs / 77 años
    Ha abierto el Museu de la Confitura


    Georgina Regàs opina que cuando llega la jubilación, alrededor de los 65 años, uno aún está en plenas facultades, con ganas de vivir y de hacer cosas. Lo dice por propia experiencia.
    Aella un viaje le dio la clave. No hace muchos años, durante una excursión por el País Vasco, se quedó fascinada con un pequeño museo dedicado al chocolate que encontró en Biarritz (sur de Francia).

    Ella, aficionada a elaborar confitura, decidió crear uno especializado en semejante dulce.Y así nació hace cinco años –ella tenía 72– elMuseu de la Confitura, en Torrent, un pueblecito del Empordà (Girona). Allí vende tarros de confituras, mermeladas y jaleas elaboradas artesanalmente.Yaunque no lo creó para hacer negocio, está resultando ahora rentable. “Yo sabía que no iba a ganar dinero, sino que lo hice por satisfacción personal. Invertí el poco dinero que tenía y desde hace un par de años hemos empezado a cubrir gastos”, explica Georgina. Su motivación fue la de mantener viva una tradición ancestral y transmitirla a nuevas generaciones, por eso el museo, un espacio pequeño y acogedor, organiza talleres para escolares.

    “Necesitaba hacer alguna cosa que me llenara la vida y la encontré”, confiesa. “Lo más importante es poder hacer una actividad que te llene de satisfacción, sólo así podrás vivir la vejez con una mentalidad joven, como hago yo”. Dedicada profesionalmente al mundo de la restauración, asegura que en su vida laboral ha disfrutado mucho trabajando. Cuando le llegó el momento de retirarse se planteó un reto: “No dejar que la jubilación me jubilara de la vida”.Yasí dejó la pereza a un lado y siguió manteniéndose activa.

    Reconoce que posiblemente este museo no lo hubiera abierto a los 30 o 40 años. “Creo que a esa edad tienes más los pies en el suelo, no te arriesgas a hacer nada si puedes perder algo, has de dar más explicaciones…, en cambio, pasados los 70 años no tienes nada que perder y, lo mejor, no tienes que dar explicaciones a nadie de nada de lo que hagas”. Le apeteció abrir un museo y así lo hizo. Tras su experiencia, anima a todo el mundo a lanzarse a crear el proyecto de sus sueños “sea a la edad que sea, porque el solo hecho de ponerlo en marcha ya merece la pena”.

    El mundo de la confitura la sedujo por casualidad. En el jardín de su casa, en Torrent, tenía un prolífico limonero que no paraba de dar frutos. “Primero hice zumo, después cremas, sorbetes y tartas”. Georgina ya no sabía qué hacer con tanto limón y un día, una amiga inglesa la animó a hacer confitura. Así nació su pasión por este dulce. “Entré en un mundo que desconocía por completo y que me fascinó”.
    Y así todas la frutas, flores y verduras le parecían idóneas para elaborar nuevas confituras.
    Ahora, investiga y crea nuevos gustos, que luego vende en el museo.

    Allí producen cada año 40.000 tarros de confituras, mermeladas y jaleas de más de 120 sabores. Autora de varios libros de cocina, emprendedora y ahora comprometida con el medio
    ambiente. Para fidelizar a los clientes, Georgina se ha ingeniado una fórmula: por cada cinco recipientes vacíos que lleven al museo les regala uno lleno. La cuestión es no parar.
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